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Martes, 16 Junio 2020 23:40

El legado de mi padre Featured

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Es mi padre de quien aprendí a no rendirme, a darlo todo, a hacer todo con pasión y entusiasmo. La educación en mi casa era simple, todos debíamos esforzarnos y todos debíamos trabajar, ser productivos, no había lugar para permanecer inertes. Si no tenías idea sobre qué hacer con tu vida, o qué te gustaba o qué querías hacer, mientras debías ocuparte con alguna tarea o actividad.

Recuerdo a mi padre hablando conmigo siempre con la misma pasión en relación a los negocios, ¡tú puedes hacer cualquier cosa que decidas hacer! ¡no hay límites para lograr lo que quieras!

Antes de mi concepción ya me esperarían en casa 6 hombres, desgraciadamente uno de de ellos no logró sobrevivir. Crecí rodeada de cinco hermanos varones y mi madre tenía años anhelando con ansias a una pequeña, una niña, hasta que por fin llegué.


Crecer en un hogar con tantos hombres no fue fácil, tuve que aprender a luchar y ganarme mi lugar entre cinco leones cada día rugiendo por su territorio mientras en medio de ellos, una niña curiosa, hiperactiva y completamente competitiva, se disponía a reclamar como todos un lugar en esta feroz competencia llamada vida.

Desde muy pequeña me interesé en diversos deportes, viéndolo en perspectiva yo creo que mi madre se volvía loca con tanto chamaco latoso y buscaba mantenernos ocupados la mayor parte del tiempo. Hubo una época en la que pasaba todas las tardes después de la escuela en el club deportivo, jugando tenis, practicando gimnasia, pues aunque mi madre me llevaba a clases de ballet y hawaiano casi siempre me escapa para realizar actividades más audaces, hasta que finalmente di con el equipo de natación, deporte que, a muy temprana edad me cautivó, así que practiqué y practiqué hasta conseguir ser parte del equipo del club. Recuerdo incluso que en una ocasión mis padres me llevaron a participar a unas competencias a Querétaro, y fue una experiencia muy emocionante.

Años después mi padre comenzó a practicar el golf, deporte que inmediatamente nos apasionó como individuos pero nos cautivó como familia; a la fecha nuestra convivencia y por lo tanto la vida familiar gira en torno a este bello deporte que nos facilita reunirnos y pasar tiempo juntos al rededor de algo que todos tenemos en común. Lo hermoso del golf es que es un deporte intergeneracional, como la educación en el hogar, puedes pasar horas con tu familia jugando y todos, independientemente de la edad, pueden disfrutar algo de eso.

Todos tenemos un legado y una conexión familiar que permanece, o bien, en algunos casos, lamentablemente y debido a heridas profundas se parte en pedazos. Mi vida, formación escolar, emocional, empresarial y desarrollo de carácter es un resultado de mis conexiones familiares. Fue a través de la vida familiar que aprendí muy bien a comprender y relacionarme con los hombres, ¡había tantos en mi familia, que tenía que aprender a entenderlos! comprendía sus luchas, temores, complejos, así como qué era aquello que disfrutaban hacer. Todo esto dentro del vínculo más importante: la familia.

He tenido el privilegio de tener un hermoso ser humano como padre, cuando tengo una aflicción o problema siempre corro a él pues sé que tiene una respuesta, aunque en ocasiones elijo no hacerle caso pues ¡vaya que también se le ocurren muchas locuras!

Mi punto en este artículo es que nos preguntemos lo siguiente: ¿cuál es nuestro legado? ¿qué estamos transmitiendo a la siguiente generación? ¿cómo son nuestras relaciones y conexiones familiares? ¿son sanas, destructivas o algo ambas y por qué?

Debemos tener presente que todo lo que hablemos en casa, todo lo que hagamos y todo aquello que omitamos será nuestro legado, seremos recordados u odiados por ello.
Mi padre, por su parte, no ha sido un hombre perfecto, sé que se ha equivocado en muchas ocasiones, pero a mi no me corresponde juzgarlo, ya que entiendo que todas las decisiones que tomó siempre tuvieron un propósito correcto a nuestro favor. Como hijos, no estamos llamados a juzgar lo bueno o malo de nuestros padres, nuestro deber es amarles y honrarles. Tampoco estamos llamados a cambiarlos, ¡ellos no cambiarán!

La mejor forma de honrar a nuestros padres es amarles y aceptarles, darles el reconocimiento que se merecen, independientemente de si se equivocaron y cuánto, si cometieron errores o bien, si tomaron decisiones que al final del día nos lastimaron o afectaron. Nuestro deber como hijos es velar por su bienestar emocional, espiritual y económico. ¡Qué vergüenza es contemplar una sociedad tan egoísta que ha abandonado a sus ancianos! Que no se comunica para darles reconocimiento sino para juzgarles o reprocharles, que justifica sus malas decisiones y errores con las deficiencias en su crianza.

A menudo escucho gente decir: ¡Es que tú no conociste a mi papá! bueno pero conocí al mío y créeme, era duro, inflexible e intolerante, pero ¿qué padre de su época no lo era?

Como sociedad, es tiempo de sacudirnos los complejos y las heridas, de escribir una nueva historia, creando relaciones saludables, amables, afectuosas con nuestros hijos, dejar atrás el juicio y la condenación; debemos esforzarnos por entender a esta generación que no es tan difícil como en tiempo, fue la nuestra. Debemos trabajar en nuestro legado, en aquello por lo que seremos recordados, veamos lo bueno, afable y correcto de la generación anterior a nosotros y utilicemos esos recursos que sembraron en nuestra vida para construir una nueva generación más amorosa, justa, honesta y generosa.


Se acerca el día del padre, utiliza este tiempo para recordar lo bueno y no lo malo, llámale y hónrale, bríndale cariño y comprensión, escúchalo (aunque ya hayas escuchado esa historia mil veces, presta atención como si fuera la primera vez, pues solo quiere ser escuchado). Si ya no está contigo entonces agradece a Dios el padre que te dio, Él no se equivoca.

Read 259 times Last modified on Jueves, 18 Junio 2020 00:52
Hilda Magaña

Hilda Magaña es licenciada en sistemas de computación administrativa, directora académica y creadora de educazion.net y prepaenlinea.mx

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